Trata de personas: negocio truculento y trauma de por vida.

Trata de personas: negocio truculento y trauma de por vida.

Catalina de Erauso | Trata de personas: negocio truculento y trauma de por vida

La historia que lee a continuación no es apta para almas sensibles. En tiempos de Franco el censor de turno le habría colocado dos rombos por su monstruosidad. Por tanto, si ha decidido seguir leyendo es que acepta leer un relato de extrema crueldad.

Se llama Lur (nombre ficticio de la redacción) tiene 22 años y lleva una cruz de 3×3 tatuada en la frente. Su testimonio no dejará indiferente a nadie pero es la historia de muchas mujeres que hicieron ese largo viaje y llegaron a su destino. Su madre quedó encinta siendo soltera en Eritrea. Cuando el productor del espermatozoide lo supo, desapareció sin dejar rastro. La embarazada quedó sola bajo una presión social infinitamente mayor a la de las madres solteras en tiempos de Franco. Cuando Lur tiene 3 años muere su madre, que ya le había tatuado el amuleto para entonces como si ese símbolo fuese a protegerla de algún mal que intuía a lo lejos. Me imagino los alaridos de Lur al ser tatuada. Al quedarse huérfana, la acogió una familia de su pueblo. Sus recuerdos sobre la más temprana infancia se han borrado por completo. Se acuerda que no fue a la escuela a pesar de que en Eritrea existe la escolaridad obligatoria universal. Los hijos de su familia de acogida iban todos al colegio, pero Lur se quedaba en casa haciendo las labores del hogar. Con diez años cocinaba sola para toda la familia. Si alguna de las faenas que se le encomendaban no eran realizadas al gusto de sus negreros, le pegaban una paliza. Así aprendió muy pronto lo que significaba obedecer órdenes y agachar la cabeza. Es capaz de agarrar a pelo un molde de tarta recién sacado del horno y no se quema. Es normal que tenga dificultades a la hora de mantener el lápiz en la posición correcta cuando escribe. A cambio de la comida y del techo, vivió como una esclava durante años. Llegada la adolescencia, constató que esa familia no era su familia. Cuando tenía 18 años su tía empezó a buscarla y la encontró. Pagó una fuerte suma de dinero para que abandonara Eritrea y así mitigar el sufrimiento por el estigma que provocaba ser “hija natural” y así liberarla de la explotación de por vida. Aquí empieza el relato del horror.

Deambuló durante un año en Libia guiada por la estrella polar y sometida a las mafias libias. Sabe determinar la hora mirando al cielo. Le costó mucho aprender a descifrar la hora en un reloj. Se puso en manos de traficantes de personas para poder llegar a la añorada Europa. Es difícil establecer la cronología de los hechos porque los recuerdos que almacena en su subconsciente emergen a borbotones en medio de silencios prolongados y unos ojos que miran fijamente al suelo porque no quieren encontrarse con los míos. Las vivencias las cuenta con emociones difíciles de describir y que le cortan la respiración a ratos. Es incapaz de contar un fragmento de su historia con un mínimo de coherencia. Son un cúmulo desordenado de verbos, nombres y onomatopeyas. La mirada apuntalada en el infinito, los ojos empañados cuando le asaltan las sombras. Es imposible saber cómo era el día a día de su cautiverio porque los días no tenían estructura más allá de la salida y la puesta del sol. Insinúa que había un cubo o un agujero para hacer las necesidades. Uno para todos. Se tapa la nariz. Las mujeres bajo la custodia de los traficantes de personas no tenían acceso a productos de higiene personal. Todas las mujeres ocultan con celo esos días para que nadie se entere. Cuando les bajaba la regla, las mujeres andaban ensangrentadas porque tampoco había muchas posibilidades de lavar o lavarse. Pero esto era pura estética a la que se renuncia gustosamente en tiempos difíciles.

“Pum, pum mataron a un niño”. No se pregunta por qué le descerrajaron tres tiros. Ni qué pensaría su madre al perder lo más querido. El sonido de los tiros al que se refiere con onomatopeyas está grabado en su cerebro como un disco rayado que se pone en marca cuando él quiere. No sabe cuántos niños asesinaron. ¿Sus nombres, su edad, sus caras? Todo eclipsado. Todas las preguntas que emergen de ordinario ante hechos de esta índole se disiparon. Sólo tiene recuerdos de ese ruido obtuso del disparo de las pistolas. No recuerda cuántas ejecuciones de adultos presenció. Ni tampoco sabe qué fuerza extraña la guió para no morirse de pena al ser testigo de tantísima atrocidad de sol a sol. Las ejecuciones, por lo que cuenta Lur, eran ejemplarizantes. No sabía árabe entonces ni quiere aprenderlo ahora pero entendió perfectamente lo que los traficantes de personas querían hacerle entender. Las ejecuciones eran públicas, lo cual quiere decir que eran reunidos para ver cómo algún iluminado cortaba en canal a una persona viva. El objetivo era que los secuestrados percibiesen la antesala de la muerte con sus oídos y sus ojos. “El próximo puedes ser tú” era el mensaje. Que se les quedase cincelados en la memoria primero los gritos y después los jadeos, los cuerpos sin vida cosidos a tiros en la arena caliente. Carnicero, ¿dónde aprendiste a clavar el estilete? ¿Quién te enseño que había que meterlo justo debajo del esternón? En cámara lenta, evoco el recorrido del puñal de matadero con el que sacrificaste un cordero días antes. La sangre empieza a fluir en un torrente que el principio de gravedad centrifuga hacia el centro de la tierra recorriendo el cuerpo del moribundo. Aceleras y, de un golpe seco, se para el puñal. Es como si se hubiese clavado en un hueso. Sacas el puñal y lo tiras al suelo. Abres los flancos de la piel del vientre y mientras sacas el corazón palpitante de la caja torácica y tus manos brutas tiran de los intestinos hasta que se quedan colgando de la base del corte del vientre mientras tambalea el estómago. El duodeno, páncreas y los demás órganos internos vibran todavía como si infinidad de descargas eléctricas los inervasen. El moribundo se tambalea. Tus ojos, fijos en el hígado de tu enemigo. El rezo ritual se hace cuando se degüella un cordero, no cuando se asesina a un hombre. ¿Querías contener la ira de Dios con ese hombre sacrificado? ¿Eres capaz de interpretar que ves el hígado de una persona a la que le quedan segundos de vida? Carnicero, ¿qué sientes cuando ves el movimiento de los órganos internos que anuncian el silencio final? En una de las primeras veces en las que vio una ejecución con una ráfaga de ametralladora y vio el cuerpo del asesinado estremecerse quiso darle un vaso de agua. Pocos instantes después se estrelló contra el suelo. Tardó tiempo en entender que había muerto. Llegó a la conclusión de que el vaso de agua, cuando la muerte era inminente, no le proporcionaba ningún alivio al moribundo. Ni tampoco le haría retornar a la senda de la vida. Lo normal es oír un resollo, un rugido leve después de que el corazón haya parado porque los músculos siguen activos en todo el cuerpo. Es distinto cuando el cuerpo está abierto en canal. Lur creía que todavía vivía el hombre cuando los estertores invadían el cuerpo sin vida de aquella persona que yacía en el suelo a medio descuartizar y bañada de sangre. Por si las ejecuciones frecuentes, cada cual más cruel, fueran poco, los traficantes armados hasta los dientes les hacían pasar revista a los cautivos en la sala de los muertos cada cierto tiempo. Los llevaban a un lugar en el que yacían decenas de muertos desde hacía días a temperaturas altísimas. ¿Eran todos hombres o había también mujeres? El olor a descomposición era sobrecogedor. Un olor distinto al olor que recuerda del cubo de los excrementos. Ver ojos abiertos y bocas medio cerradas con hilillos de sangre cuajada sobre los que empezaban a actuar las enzimas y cuerpos agujereados por balas en medio de charcos de sangre era también aterrador. A Lur le resulta difícil plasmar con palabras lo que olía. “Tufo” y se tapa la nariz. No dice si sentía algo. Curiosamente se acuerda de los olores y aromas de la comida eritrea con una gran sonrisa y añora cocinar platos típicos que degustó en su infancia. No siempre encuentra los ingredientes en Alemania.

Fue sometida a torturas con un aparato eléctricos, “el aparato eléctrico en los ojos y en el ápice de la lengua”. No está claro si sentía dolor o el ruido del artilugio era desagradable pero la mera mención le causa estupor. “Por eso están mis ojos así”, balbucea. Hay un matiz mate en lo blanco de los ojos en su parte baja. Puede describir el ruido que hacía el cacharro pero olvidó quién lo empuñaba. Se ha borrado, como las letras de un encerado al pasar un trapo. Torturador, ¿por qué aplicabas ese aparato a las personas con las que traficabas? El dinero se les había acabado y tú lo sabías. Si eran tu fuente de ingresos, ¿por qué no presionaban tus cómplices a sus familias? ¿Para qué causarles un calvario insoportable si después no ibas a grabar y mandar imágenes a su familia? ¿Acaso te excita ver a personas que tienen daño porque tú se lo has infringido? ¿Quizás es un logro para ti que esas personas hayan aprendido a engullir el dolor, el estupor, la rabia y cuantos sentimientos humanos se conozcan cuando los estás sometiendo a tratos inhumanos? ¿Te excita el silencio de los espectadores que no te aplaudirán cuando termines de descuartizar a ese pobre hombre? Si ya te has ganado el paraíso para la eternidad, ¿qué persigues en esta vida con la repetición de esos actos? No puedes ganarte el paraíso dos veces. Con una vez, basta.

La violaron varias veces a Lur. Por suerte, no se quedó preñada. A día de hoy, no puede decir con certeza si fue uno el violador o fueron varios. Le robaron aquello que le habían contado que era lo más valioso de su vida porque sin eso no podría casarse, la única forma de sobrevivir para una mujer en su tierra. Le contaremos nosotras que la vida transcurre igual sin virginidad. En Europa, no vale un pimiento y quien roba eso con fuerza es un delincuente para el que guardamos algunas preguntas. ¿Qué sientes cuando te bajas la bragueta y sacas tu pene erecto antes de taladrárselo a la mujer que has elegido hoy? Ella lo siente como un puñal. ¿Te has parado a pensar qué es lo que te lleva a tirar de la cremallera y sacar ese palo por el que meas? ¿Es porque recuerdas un orgasmo pasado y quieres volver a experimentarlo? Los hombres normales recuerdan el orgasmo y las caricias que lo rodean, que es parte del placer y contribuye a reforzar el vínculo con esa persona. ¿Sientes placer cuando le clavas tu virilidad y ella se retuerce de dolor? ¿Te excita cuando ella patalea que NO a pesar de que tú peses más que ella, negándote el consentimiento una y otra vez? ¿Sientes también placer cuando ella sangra después de la penetración salvaje porque eso la lubrifica? ¿No le miras a la cara a tu víctima cuando sacas tu polla flácida de su cuerpo? Si lo que quieres es lograr un orgasmo, sabes que puedes lograrlo tú mismo sin violentar a nadie. Me dirás que es pecado. ¿Te seduce la idea que tu víctima quede traumatizada y ya no pueda mantener una relación sexual placentera de por vida? ¿Con tu acto violento le querías quitar la llave del placer para que sintiese asco para su primera experiencia sexual consentida a venir? Violador, ¿eres capaz de pensar y recordar? ¿Te hace feliz una caricia? ¿Te diste cuenta que ella no te acarició? ¿Te mandó alguien violarla o lo hiciste para someterla? ¡Cómo me gustaría que te contagiasen la sífilis para que también tú sufrieses sus efectos de por vida! Porque de no saber, no sabes ni para qué sirven los condones.

No conoció a su madre pero cuando habla de ella, le invade una inmensa ternura. Sólo guarda una foto vieja en blanco y negro. Con mucho orgullo dice, mirándola fijamente, que su madre era blanca y se pregunta que por qué ella es negra. Está clarísimo de dónde le viene el color de su piel, pero la otra mitad de su ADN no forma parte de su relato. Le dijeron que su madre había muerto cuando tenía tres años. A saber cómo fue. Cuenta que mucha gente en Eritrea es blanca. Entre los muchos males que le persiguen está el color de su piel y su pelo rizado. A ratos dice que la piel blanca es buena y el pelo liso es bello. Asocia todo lo bueno a ese color de piel. Tal vez piensa que todas las calamidades que tuvo que soportar eran por el color de su piel. Quizás cree que no le habría pasado lo que le pasó si hubiese tenido la piel blanca. Por eso tengo una pregunta para el progenitor, que no padre: ¿Qué harías si supieses que han violado a tu hija? ¿Irías a hablar con el violador? ¿Qué te dice tu conciencia que deberías hacer con él? ¿Maltratarías a tu hija por no haberse resistido a que le quitasen lo único que la hacía apta para ser vendida a otra familia? O, tal vez, ¿le preguntarías primero cómo ocurrió? ¿Entenderías su decisión de dejarse violar para salvar su vida? ¿Qué es mejor, dejarse violar o dejarse asesinar? ¿Consideras que es mejor guardar el honor incluso si hay que pagar con la muerte? ¿Ha dañado Lur tu honor y el de tu familia? O tal vez, ¿Lur no es tu hija? Quizás sólo son hijas tuyas, las criaturas que han nacido dentro del matrimonio. ¿Violarías a una mujer porque decidió no seguir la senda que la llevaría al matrimonio, el único posible para una mujer en Eritrea? ¿Qué hubieses hecho si ese violador fuese alguien que tú engendraste abandonando después a su madre? ¿Se lo reprocharías? ¿En base a qué? ¿Porque eres su padre biológico o por una cuestión de derechos humanos? Muchos se han cruzado en la vida con individuos que fanfarroneaban de haberse tirado a tal o cual afirmando que la hija de fulanita la habían engendrado ellos abriendo la boca de oreja a oreja con una risotada socarrona por la que asomaba un solo diente. Veía cómo crecía esa mujer escondido detrás de un visillo. Nunca fue padre. Su madre era dependiente por padecer una discapacidad psíquica. Ese progenitor se aprovechó de su inocencia de niña en un cuerpo de mujer.

No habla ni del color de la piel de los otros inmigrantes esclavizados en Libia, ni de las lenguas que ellos hablaban ni cómo se entendía con ellos para llevar el día a día. Si se le pregunta que haga un esfuerzo por recordar cómo y por qué ocurrieron algunas cosas, dice que no puede o, a veces, no quiere acordarse porque le asalta la foto y se desvela por la noche. También están al acecho una manada de fantasmas cuando oye, huele o ve ciertas cosas. La semana pasada iba paseando sola por la noche tomando el fresco y un hombre se dirigió a ella en árabe. Sin más, empezó a gritar como una condenada y se echó a correr hasta que la silueta de ese hombre desapareció a lo lejos. Me contó que después tuvo “la foto” en la cabeza un par de días. Sé que tiene muchas fotos mentales y no puede hablar de ellas. Sólo que reacciona gritando o escapándose como si huyese de sus monstruos. Son los únicos momentos en los que recuerda algo. Esos momentos de “foto” fija con reacciones irracionales son las secuelas permanentes de la tortura física y psicológica. Quizás le asaltan las caras de las muchas personas que vio cuando dieron los últimos suspiros o la de sus verdugos como en la secuencia final de la obra El estudiante de Salamanca.

Nunca habla de la familia de acogida. No se sabe cuántos hermanastros tenía ni cómo eran sus padres. No dice quién le daba palizas. Si eran todos o tenía algún hermanastro “bueno”. No sabe que si tu amo te grita y golpea en público por haber puesto la taza de té dos centímetros más allá de su dedo índice es un episodio de malos tratos. El trato vejatorio al que ha sido sometida por personajillos de baja autoestima e ignorancia supina ha sido una constante en su corta vida.

Absténganse los que desean hacerse una foto con Lur. Los que vienen a robar la imagen de las víctimas de violaciones de DDHH insinuándoles que quizás hay posibilidades de ayudar, sólo hacen daño. Despiertan en ellos ilusiones que pronto se tornan en decepciones y frustración. El engaño es lo que menos necesitan las personas traumatizadas. Sería bueno que los que nos solidarizamos con las víctimas de violaciones de DDHH atroces no los abandonásemos a su suerte a los que han sufrido tratos degradantes e inhumanos. Son incapaces de planificar su futuro porque han perdido la capacidad de recordar y analizar el pasado. Volver la vista atrás es un ejercicio que hacemos cada instante, sobre todo en momentos en los que tenemos que tomar decisiones importantes en nuestras vidas. Decidimos en razón a las decisiones tomadas tiempo atrás porque nos ayudan a evitar errores pasados. El acceso al pasado está bloqueado en la cabeza de Lur. Le resulta imposible analizar sus decisiones, que las hubo. La inexistencia de una familia le impide volver. Pero caminar avistando el futuro resulta también pesado por la carga del subconsciente. No recibe todavía tratamiento siquiátrico porque no sabe hablar alemán todavía. El idioma es la clave para abrir la puerta de la caja de la Pandora y superar traumas de esta índole. Per aspera ad astra.